Café. ¿Microrrelato?
El girar de la cucharilla emitía un hiriente sonido que se me clavaba en las sienes. No hay nada como un café por la mañana.
Ahí estaba aquella mujer, tan vieja como la miseria, sentada un par de mesas más allá, envuelta en un abrigo tan ajado como ella, sorbiendo y removiendo, sorbiendo y removiendo su taza de café. Haciendo resonar aquel vulgar instrumento como si una campanilla de plata fuese. Qué magnífica música de ruidos molestos.
Si ahora mismo me levantara -pensé- y silenciosamente fuera a su mesa y tomase en mi poder la cucharillla, y si la lanzara al otro extremo de la cafetería... lejos, tan lejos que el impacto con el suelo fuera casi inaudible... Tal vez así podría concentrarme en otra cosa que no fuera en este punzante dolor de cabeza que hace semanas no me permite dormir.
Por qué no lo deja ya de remover. Sabe Dios que el café no se sirve hirviendo y ya lleva diez minutos dándole y dándole...
Me imaginé la cucharilla, vara de mi tormento, chocando violentamente con las paredes de aquel tazón de café con leche, haciendo saltar por doquier gotas de color pardo. No podía verlo, pero la imagen se formaba con más realismo del que mis nervios podían soportar. El pensamiento me traspasaba y penetraba en mi mente con cada sonora vuelta. La visión se hizo tan poderosa que, por momentos, parecía que mis sienes latían al compás de aquel tormento.
Mis manos acudieron por impulso a tapar mis oídos, pero el eco de mi perdición no disminuia. La cafetería desapareció para mí, todo lo que quedaba era ese martilleo, constante, rítmico e inevitable que aumentaba por momentos taladrándome los sentidos... Perdida la noción de mi mismo, sólo quedó el ensordecedor retumbar de la cuchara en su vaivén. No sé por cuanto tiempo permanecí en ese estado, hasta que unas voces me arrebataron de las garras de aquella perversa evocación.
-Parece que ya vuelve en sí.
-Ya está recuperando el color...
-Oiga, ¡despierte!
Abrí los ojos, profundamente agradecido, para ver a los dueños de aquellas voces que habían apartado de mí la pesadilla. Eran un hombre y una mujer. Otros clientes, deduje. Me ayudaron a sentarme de nuevo, pues en algún momento de mi ensoñación había debido caer bajo la mesa. Farfullé palabras de agradecimiento, que debieron sonar débiles e incoherentes. Ella comentó que sería una buena idea que bebiera algo caliente para reponerme y una taza apareció frente a mi, humeante.
A alguien se le ocurrió que sería una buena idea remover el café con la cucharilla...
...::: Koffu :::...
(Estudiante en época de estress febril)

Hola, me llamo Koffu, pero también Dagor. Como sospechas, sufro de
ambivalencia, soy un ser bipolar, llámalo como quieras. Por eso normalmente hablaremos así, es decir, por los dos. Tenemos una media de dos décadas de existencia y por supuesto, aunque en ocasiones especiales coincidimos, diferimos en los gustos en general. Sobrevivimos en la bonita Iberia, a veces al norte, a veces al sur...





